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Solidaridad Incondicional: Cuando proteger la vida también significa unirnos.

Five smiling women in rain ponchos in La Moskitia, Honduras
Protegiendo la vida, llueva o truene

Durante marzo y abril, en La Moskitia, Honduras, la conservación se convirtió en algo más que un esfuerzo temporal. Se transformó en una experiencia profundamente humana. Una experiencia marcada por lluvias constantes, largas caminatas por el bosque, noches vigilando nidos, agotamiento, incertidumbre y también esperanza.



Una pareja de guacamayas rojas fuera de su nido en un árbol en La Moskitia.
Pareja de guaras rojas posadas afuera de su nido.

La Campaña de Solidaridad Incondicional no fue creada únicamente para monitorear nidos de guara roja. Nació porque llegó un momento en que proteger la vida requería más que conocimientos y experiencia. Requería presencia humana. Requería apoyo. Requería solidaridad.


Detrás de esta iniciativa se encuentra One Earth Conservation, una organización cuya visión y compromiso con la vida han ayudado a dar forma y sostener este trabajo más allá de las fronteras. Dentro de la organización, sus codirectoras han sido fundamentales no solo para construir la campaña, sino también para definir su espíritu: una manera de entender la conservación a través del cuidado, la confianza y la solidaridad incondicional.


A partir de esta visión compartida, dos mujeres ayudaron a sostener el corazón vivo de esta iniciativa desde lugares distintos, pero profundamente conectados.


En los bosques de La Moskitia, donde la lluvia forma parte del camino y cada día exige paciencia y presencia, la Dra. LoraKim Joyner nunca fue simplemente una observadora externa. Se convirtió plenamente en parte de la vida cotidiana del territorio. Su tiempo en campo durante estos dos meses reflejó una forma de conservación que no solo se estudia, sino que se vive. Caminando por terrenos difíciles, escuchando los ritmos del bosque y compartiendo momentos de incertidumbre y esperanza, representó un liderazgo profundamente humano construido desde la cercanía, la humildad y una dedicación constante a la vida.


A través de su presencia, la conservación se convirtió en relación: un acto continuo de cuidado, atención y amor hacia todos los seres vivos.


Foto de Reva. Dra. LoraKim Joyner
Rev. Dra. LoraKim Joyner

Desde otro lugar, pero igualmente conectada con cada paso del proceso, Gail Koelln se convirtió en una fuente constante de apoyo que ayudó a sostener la visión más amplia de la campaña. Su trabajo se manifestó de maneras más silenciosas, pero igualmente importantes: a través de orientación, confianza y apoyo continuo que permitió que las experiencias del campo siguieran llegando a una comunidad global de conservación.

Aunque no estuvo físicamente en La Moskitia, su compromiso estuvo presente en la fortaleza de las relaciones construidas, en el apoyo brindado al equipo y en la convicción de que la solidaridad puede cruzar todas las fronteras y distancias.


Foto de Gail Koelln
Gail Koelln

Juntas representan algo más grande que títulos o cargos: un amor compartido por la vida expresado a través del cuidado, la confianza, la conexión humana y la creencia de que la conservación solo es verdaderamente posible cuando está arraigada en la solidaridad incondicional y se transforma en acción.


Y quizá esa sea la reflexión más importante que surge de toda esta experiencia.


¿Por qué la conservación debe convertirse en un acto de solidaridad incondicional?


La respuesta puede encontrarse en cada día vivido en el territorio.


Desde el inicio de la campaña, el equipo enfrentó fuertes lluvias, largas jornadas de patrullaje y el riesgo constante de saqueo de nidos. Mientras algunas personas monitoreaban árboles gigantes durante las tormentas, otras reparaban puentes de madera, cocinaban en campamentos temporales o caminaban durante horas para verificar si un pichón seguía con vida.


Soldados colaboran en la reparación de un puente en La Moskitia.
Soldados colaboran en la reparación de un puente en La Moskitia

Pero al mismo tiempo, estaba ocurriendo algo más.


Las personas comenzaban a encontrarse unas con otras.


Comunidades indígenas, estudiantes universitarios, conservacionistas, miembros del ejército, sacerdotes, voluntarios, organizaciones ambientales y personas de distintos países se unieron en torno a un propósito común: proteger la vida en La Moskitia.

Y eso cambió el significado de la conservación.


Porque la conservación dejó de tratarse únicamente de salvar aves. También pasó a significar apoyar a comunidades que con frecuencia han sido olvidadas o ignoradas. Significó escuchar a las personas que viven en el bosque y dependen de él. Significó reconocer el papel de las mujeres patrulleras, de los jóvenes estudiantes, de quienes cocinan en los campamentos y de quienes protegen los nidos durante la noche mientras parte del bosque duerme.


Cada actualización diaria mostraba una verdad importante:


La conservación ocurre en condiciones extremadamente difíciles.


Mientras se protegían alrededor de 114 nidos activos, el saqueo continuaba. Mientras algunos pichones sobrevivían, otros desaparecían debido al tráfico ilegal de vida silvestre. Mientras el equipo hablaba de esperanza, también hacía un llamado urgente para detener la demanda, la compra y la venta de loros.


Esa tensión constante entre la belleza y el peligro fue moldeando el espíritu de la campaña.

Por eso la solidaridad se volvió esencial. Las voces de muchas personas diferentes se volvieron esenciales. Decir “gracias”, “contamos con tu apoyo”, “ayuda al mundo a ver esta realidad” y “todos somos uno” se volvió esencial.


No como una idea romántica o abstracta, sino como una necesidad humana real para poder continuar física y emocionalmente en el territorio.


La solidaridad significó compartir alimentos bajo la lluvia.

Significó acampar juntos en lugares remotos.

Significó participar en patrullajes nocturnos.

Significó bendecir los anillos de identificación de dos pichones antes de colocarlos.



Un sacerdote bendice las anillas en las patas de las aves antes de que el equipo se las coloque a los polluelos de guacamaya roja.
Bendición de los anillos de identificación

Significó que estudiantes universitarios enseñaran a niños sobre conservación.

Significó que comunidades enteras protegieran los árboles donde anidan las guaras rojas.

También significó tomarse un momento para nadar en el río y recordar que incluso quienes protegen la vida necesitan tiempo para respirar y restaurar su espíritu.


A lo largo de la campaña, un mensaje se hizo cada vez más claro:


Nadie conserva en solitario.


El apoyo de organizaciones aliadas, comunidades locales y numerosas instituciones permitió que el trabajo continuara incluso en las condiciones más difíciles.

Su participación representó mucho más que ayuda logística. Representó confianza, compromiso y una forma poderosa de decir: “Estamos con ustedes.”


Y eso significa mucho en lugares donde las personas a menudo se sienten olvidadas.

Tal vez por eso la campaña habló tanto de amor, esperanza y solidaridad. Porque quienes estuvieron en La Moskitia comprendieron algo muy importante:


Proteger a las guaras rojas no se trata únicamente de salvar una especie emblemática. También se trata de proteger la posibilidad de que existan lugares donde la vida continúe sobreviviendo.


Guacamayo escarlata sentado fuera de su nido en un árbol en La Moskitia
Guara roja posada cerca de su nido

En medio de la destrucción ambiental, el tráfico ilegal y la pérdida de biodiversidad, la solidaridad incondicional se convirtió en una forma de resistencia.


Una forma de resistencia profundamente humana.


Porque mientras haya alguien dispuesto a caminar kilómetros con ampollas en los pies para proteger un nido, mientras una comunidad continúe defendiendo el bosque y mientras un niño aprenda que los loros pertenecen al cielo y no a las jaulas, seguirá existiendo esperanza.


Y quizás ese sea el verdadero legado de esta campaña.

No solo los nidos protegidos.

No solo las aves que fueron salvadas.

Sino la comprensión de que proteger la vida también puede enseñarnos a cuidarnos unos a otros.


Y fue precisamente observando esta experiencia desde fuera del territorio que muchas de estas reflexiones comenzaron a crecer dentro de mí.


Durante estos meses, mi lugar dentro de la campaña no estuvo en el bosque ni caminando junto a los patrulleros. Mi experiencia ocurrió desde otro espacio: ayudando diariamente con las comunicaciones en línea, publicaciones, eventos, conexiones humanas y conversaciones continuas con personas e instituciones de diferentes partes del mundo que comenzaban a conectarse con esta realidad.


Foto de Dra. Sylvia Margarita de la Parra Martínez
Dra. Sylvia Margarita de la Parra Martínez

Pero incluso desde la distancia, algo dentro de mí comenzó a transformarse profundamente.


Cada informe proveniente de La Moskitia, cada transmisión en vivo, cada historia de agotamiento, esperanza, saqueo o resistencia revelaba algo mucho más grande que una campaña de conservación.


Porque quizás la pregunta más difícil no surge únicamente del bosque, sino también del mundo que hemos construido fuera de él.


¿Por qué hemos llegado a un punto en el que se necesitan campañas de solidaridad para defender la vida?


Vivimos en un mundo que se mueve demasiado rápido. Un mundo que muchas veces nos ha hecho dejar de vernos verdaderamente unos a otros. Hemos perdido la capacidad de detenernos, escuchar y reconocernos en los demás. Poco a poco aprendimos a medirlo todo en función de la utilidad, el consumo o el beneficio inmediato. Y dentro de esa forma de pensar, incluso la vida misma comienza a tener un precio.


El tráfico ilegal de vida silvestre refleja dolorosamente esa realidad. Los loros son extraídos de sus nidos, vendidos como productos y convertidos en objetos dentro de un sistema que olvida que detrás de cada especie existe una historia, un territorio y un equilibrio vivo que también sostiene la vida humana.


Pero esta campaña también mostró lo contrario.


Mostró que todavía existen personas capaces de cuidar sin esperar nada a cambio. Personas dispuestas a caminar bajo la lluvia para proteger un nido, apoyar a las comunidades, compartir alimentos, escuchar, enseñar y mantener viva la esperanza incluso en momentos de agotamiento. Pero incluso desde la distancia, algo dentro de mí comenzó a transformarse profundamente



Algunos miembros del Equipo de Solidaridad Incondicional en Honduras, abril de 2026.
Parte del Equipo de Solidaridad Incondicional en Honduras, abril de 2026

Y quizás esa sea una de las lecciones más profundas de esta experiencia:


La solidaridad incondicional no debería existir únicamente como una campaña de emergencia frente a la destrucción.


Debería convertirse en una forma de vida.


Debería convertirse en una manera genuina de relacionarnos con el planeta, con los animales y entre nosotros mismos. Una forma de recordar que proteger la vida no significa únicamente salvar especies, sino también recuperar nuestra capacidad de sentir, apoyarnos mutuamente y reconocernos nuevamente como parte de algo compartido.


Para explorar estas ideas con mayor profundidad, considere participar en las Conversaciones de Conservación Transformadora de OEC durante junio y julio, o en nuestra nueva serie en línea, Solidaridad Incondicional Transformadora, que comenzará en septiembre. Visite la página de eventos de One Earth Conservation para obtener más información sobre las próximas actividades,


Solidaridad Incondicional: porque proteger la vida también significa aprender a cuidarnos unos a otros.


Gráfico que anuncia los próximos eventos de One Earth Conservation: Conversaciones transformadoras sobre conservación.


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